03 abril 2011
Sensación térmica: 40 grados centígrados
Del calor la ciudad se fue evaporando; el concreto y los árboles y las personas. Todos poco a poco fuimos convirtiéndonos en un vapor con un ligero mal olor, un olor a semen y sangre y cebolla, ajo, aceite y cenas recalentadas. Todas nuestras cosas y nuestros recuerdos empezaron a desaparecer a nuestro alrededor y dejaban solo una estela de aire, parecida a una nube, que nublaba los ojos. Empezamos a reconocer a nuestra familia y amigos y nosotros mismos teníamos manos de aire y ojos de gotas de sudor. Nos saludamos y comenzamos a mezclarnos y a convertirnos en uno solo y abajo de nosotros lo que quedó fue una capa de arena volcánica, negra y funesta, que nos veía y sonreía. Nosotros fuimos felices, liberados de la violencia y el termómetro, de los disparos que ahora nos cruzaban sin lastimarnos. No había sangre, no había desmayos ni cánceres ni síndromes de inmunodeficiencia adquirida. Todas nuestras pieles eran del mismo color, las almas y los objetos formaron una sola masa que se quedó sobre lo que fue la ciudad, bailando con el viento, a veces quieta como una nube de tormenta que jamás llueve, esperando el momento justo para por fin desaparecer, descansar, dejarlo todo y enfriarse, vencer el miedo, el pavimento y las sonrisas. La ciudad entera, todo fue vapor. Todo se podía respirar. Porque al respirar nos respirábamos nosotros.
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