05 abril 2011

Hace once años:

Hace once años la vida pasaba tranquila, retadora, en camisas de botones y pantalones Dockers. Con cigarrillos Benson & Hedges en el clóset de mi mamá y la ropa de mi papá acumulando polvo. Yo fumaba por primera vez en el patio de la casa, con los mangos y los aguacates quizás creciendo, con el calor de abril como siempre ha sido, a pesar de que a la gente le gusta pensar que esto del calor es algo nuevo, algo que no se conocía antes, cuando yo les digo: en el concreto de los pueblos y la falta de árboles de los barrios El Refugio y El Alto yo sentí este calor, o peor, desnudo con los testículos colgando como bolsas de té, o las nalgas sobre mi roca presintiendo un mal de orín. Pocas veces bajaba ya a ese pueblo, al pueblo que quería olvidar, pero que siempre seguía apareciendo o en mi acento o en mi pelo o en mi forma de caminar. Conocía a gente distinta, lejana, con infancias tan diferentes como las vidas adultas que tendríamos después. En mi diálogo estaba la reciente orfandad a medias, los funerales a los que no fue nadie de mis amigos, porque en realidad no tenía ninguno. Acostumbré a mi mente y a mis papeles a hacerlas de conversación, de apoyo. Encontré en la música y en los sonidos de la pornografía en mi pequeño cuarto las únicas voces que entendía. Los nuevos dólares en mi mano se mezclaban con los colones y todo era tan confuso. Vivía para estudiar y estudiaba para trabajar, decía yo, para ser creativo y comunicador e irme de una vez por todas de ahí. La opresión y la presión de la gente que me mandaba y de los autobuses que me llevaban hasta la escuela de gente que nunca se había subido a uno. Fui conociendo casas nuevas, carros nuevos, sonrisas nuevas y acusaba de tonta a niñas que en realidad no lo eran tanto. Aprendí a dibujar, a colorear, a hablar en público y a dejar de escribir cosas negativas. Hace once años, las cosas eran tan distintas que podría llamarlas una vida pasada. Me fui despegando de mi piel antigua y fui creando una nueva, menos agreste, menos huraña. Conocí el alcohol y con él comencé a conocer los placeres de entregar mis labios y mis abrazos. El miedo fue desapareciendo y aparecieron los problemas de no tenerlo. Las conversaciones con él se fueron enmudeciendo y ellas fueron las únicas que me escuchaban. El diminutivo de mi nombre se fue haciendo menos necesario y mi atención se centró en otras cosas, más importantes quizás, pero siempre pasajeras, siempre evaporables. De los desvelos y la conciencia de ser una persona diferente surgieron gritos de independencia. Nuevas palabras y nuevas mentes. Dejé de creer en la salvación por oración y comencé a querer salvarme por pensamiento. Todas las mañanas, todas las tardes se acentuaron con el hambre y los cortes de pelo atrasados. Hace once años, pesaba unas cuantas libras más y caminaba más lento, con vergüenza. Podría regresar ahí y tratar de despertarme, de contarme las historias del futuro y hacerme dejar de gritar o de enojarme o de pensar en la muerte tanto. Pero para vivir con gusto tenés que despreciar la vida primero, hacerla parecer innecesaria o que está de sobra, para luego darte cuenta de que es lo único que tenés, lo único verdadero que te sostiene. Te falta tanto por hacer, los próximos once años: no te imaginás lo bonito que va a ser. Hace once años la esperanza se llamaba universidad y se llamaba verdad. Todas las mentiras irían desapareciendo y se levantarían como bloques de concreto o platos con comida apestosa. El aire se aclararía y vería a los hombres, a tantos hombres, a tantos hombres que no recordaría sus nombres. Toda la música, todas las películas, todas las ciudades: si hubiera sabido todo eso quizás no hubiera estado tan triste, hace once años, hace once largos años.

Escribí este post porque vi que el título de uno que Flor dejó pendiente en los borradores del blog era ese: "Hace once años". Así que me adelanto al de ella y escribo mi propia versión, porque quería escribir algo. Buenas tardes.

1 comentarios:

roye dijo...

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