13 abril 2011

Anunciando:


Encuentre a Flor en: LimboNimbo,  FlorsyPower y en Día de La Madre.
Encuentre a Miguel en: Puño de Letras.

Mientras tanto, Gracias, Gracias Otra Vez.

Nota: El blog va a seguir abierto, porque tenemos más de 1000 posts y por lo menos yo (Miguel) no tengo respaldo de la mayoría. Así que aquí estarán hasta que el servidor de Blogger nos joda.

10 abril 2011

Abandoné Twitter. 10 razones.

1. El fútbol y la cobertura de los partidos. Gol, gol, gol.
2. Yo sentí el temblor: no me lo digan, no me lo repitan, mejor digan algo más, algo interesante.
3. Las marcas. Hoy almorcé en @nojequérestaurantealcualnuncavoyairporquevendencomidahorrible.
4. Las marcas. El Centro Comercial al que vas solo porque no hay otro ahora te sigue en twitter.
5. La visibilidad. Casi nunca me censuro y el twitter con candadito no sirve de nada. El punto es ser completamente abierto y no tener miedo, pero a veces siento que me sobrepasaba. No le den un canal de comunicación tan abierto a alguien que no sabe manejar muy bien su información, ni su vida, ni mucho menos sus palabras.
6. El Follow Friday. Nunca nadie te sigue después de esos, la gente recomienda solo porque sí o solo porque son sus amigos.
7. El Hashtag #twitteroff. No han tuiteado por horas y de repente, ponen que apagan el twitter. A saber.
8. La gente buscando followers. Síganme Síganme. Yo ya te sigo, no necesitás decírmelo.
9. Las marcas. Te damos Tanto de Descuento Si nos Mencionás.
10. El servicio es horrible. Claro, no pagás nada, pero le estás dando a la marca un montón de información que pueden vender a anunciantes y sistemas de bases de datos. Y aún así te dan una plataforma llena de errores, problemas, atrasos y bugs. Eso no se le hace a un tuitero devoto.

*Estoy consciente de que el punto 5 es totalmente tonto porque tengo un blog y el blog es aún más abierto que el twitter, si eso es posible. Pero en este espacio hay más lugar para desarrollar la idea, podés pulir tu expresión.

Sinceramente

El ciclo de comer, defecar y volver a comer me tiene aburrido. De las cosas básicas hay que huir, de los pensamientos bases. Natural, humano, el olor y la mezcla con el orín. Todo se llena y el cuarto entero queda fétido, como un río contaminado o un pañal gigante, cuadrado y hecho de paredes. Y luego: comer. Masticar y pretender que te gustan las cosas. El queso que se pega a los dientes y el tomate que deja hilachas delgadas entre ellos. Todo sucio, la lengua sucia: bacterias, grasa, esófago maltrecho. El camino es delgado y oscuro, un túnel sin gloria, acabando en ácidos que destrozan, apalean, minimizan y convierten en heces: a veces verdes, a veces café, a veces de colores indescriptibles y formas raras, como trozos de chocolate hervido con granos de sal gorda. Luego: limpiarse. El papel, que siempre se va acabando, el rollo delgado, tengo que ir al súper, qué hueva, para seguirme limpiando otra vez, ojalá tuviera un bidet. Lavarse las manos (higiene, educación) y luego: sí: comer, masticar otra vez, sentir los retortijones, el llamado, a leer la misma revista haciendo los mismos movimientos. El colmo: a veces comer mientras estás cagando. Cuando era niño solía imaginarme que cada vez que iba al baño era un parto. De esa manera era más divertido, interesante: daba luz a un montón de bebés negros y feos, infestados. Cansa, sinceramente. Ojalá hubiera otra manera. Otra manera de limpiarte, de ser humano. Del sabor y lo dulce, de lo salado y lo caliente sale algo horrible y tóxico. Se van llenando las tuberías y todas van saliendo hacia las cloacas y llenan los ríos y el mar. Todas las heces de todas las veces y todas las personas que pujaron con fuerza. Parieron parásitos. Parieron lodo que se evapora y ahoga. Eso de ir al baño y comer es tan aburrido. Es tan siempre lo mismo. Ojalá el estreñimiento no fuera una enfermedad sino una bendición hermosa y duradera. Nunca más defecar. Qué bonito. Qué bonito pensamiento.

Hace once años:

Era lunes y la casa del pan.

Belén queda casi a la par de Jerusalén, a nueve kilómetros, y hay que pasar una frontera, porque pertenece al estado Palestino. En Belén hace frío un lunes. Hace frío y la camisa manga larga de algodón y el suéter prestado y el sombrerito con mariposa bordada. En Belén la puerta para entrar a la iglesia mide como metro y medio (o menos), porque durante Las Cruzadas los templarios entraban con todo y caballo. Le bajaron a las puertas para que no pudiera entrar con los caballos, eso dice el guía judíopolaco. La iglesia de la Natividad en Belén un día lunes es oscura, no tiene bancas y huele a pasado, historia, miles de historias. El altar esta cuajado de dorado (el guía polaco sugirió que era de oro, pero yo no podría asegurarlo): los incensarios, las lámparas, la urna, la cruz; todo es oro, probablemente para ganar más cristianos con la trampa de la opulencia (dicho también por el guía). Si miramos hacia arriba, hay mozaicos bizantinos, con detalles también en oro y concha nácar; eso los hace brillar en la oscuridad. Brillan de verdad. Aunque, nuevamente dicho por el polaco, al parecer el oro y la concha nácar no son los originales, fueron robados, también durante Las Cruzadas.
















(A mí me gustó esa iglesia. Pero hacía frío inesperado en Belén y Jerusalén y yo no llevaba abrigo)


Hace once años era lunes y nos movilizamos unos kilómetros hacia el sitio en donde es supuesto que los pastores vieron brillar una estrella. Es una montaña o loma o como quieran llamarle al otro lado de la carretera por la que se llega a Belén. En ese lugar hay pastores con ovejas. Pastores palestinos de verdad con ovejitas blancas de todos los tamaños. Por un dólar los pastores se dejan tomar una foto con la oveja. Por dos dólares te dejan cargar la oveja para una foto con Belén posando también allá al fondo. En esa montaña o loma o como quieran llamarle habían flores amarillas por todo el pasto. Hacía frío y también posé para una foto.


(A mí me gustó ese lugar. Sentí el corazón grande y una felicidad extraña)


Hace once años era lunes. Mi papá había muerto. Y yo solo pensaba en cómo le hubiera gustado saber que yo había estado en Belén con ovejas y pastores e iglesia en donde, representado por una estrella en el piso, había nacido Jesús, exactamente hace dos mil años.

Hace tanto tiempo

Hay canciones que son otra cosa. Que van para otro lado. Que se mueven de aquí, para allá, como agua de río. Como de lo que se permite y lo que no se permite. Hay canciones tan egoístas. Hay canciones que solo conocen pequeñas melodías, pequeñas melodías tan bonitas que suenan a desparpajo. Qué bonito es verte de repente, verte y besarte como nunca te había besado. Ojalá el pueblo te cubra de cenizas de cañales y te abrace con tejas de pasado.

09 abril 2011

Hace once años:

Todos éramos otros.

*Entrada inspirada en la entrada de Mrs. Violence.

07 abril 2011

Como dice la ranchera:

En la vida aprendí mucho,
pero no aprendí olvidar;
de las cosas que pasaron,
todas voy a recordar

Simplemente dije adiós,
adiós a los momentos,
los momentos que alimentan
a este pobre corazón.

Tropecé y me levanté,
las rodillas lastimadas
evitando las miradas
tras paredes me oculté

Obligado a despedirme
vi tus ojos llorar
los míos, secos, tibios
se cansaron de esperar

Simplemente dije adiós,
adiós a los momentos,
los momentos que alimentan
a este pobre corazón.

Simplemente dije adiós,
adiós y hasta nunca,
las cosas desaparecen
y ya no vuelven a nacer

Tan Tan



Entrada escrita por Sam Beam

Nos convertiremos en las algas,
en el mar
el sol naciente,
el daño hecho,
el flujo del río,
el amor que hicimos,
la cadena interminable
nombre olvidado
nos convertiremos
en santos y pecadores
en la navaja y en la venda
la palabra y la respiración
la tarjeta en el pecho
los apreciados y despreciados
el morete y el golpe
frutas en el otoño
la caricia y la garra
nos convertiremos
en la gloria y en la culpa
en el florecer y el marchitar
nos convertiremos
en lo correcto y lo equivocado
el sonido y la canción
diente y la lengua
el blanco y el arma
tan crueles y tan amables
nos convertiremos
en los cansados y los salvajes
legiones y duda
los honestos y los velados
el martillo y el clavo
la maldición y la bendición
sus palabras torcidas
la sangre y hueso
nos convertiremos
en un cono de sorbete
el camino y la pared
una bola de discoteca
en el entonces y el ahora
nos convertiremos
una y otra vez
nos convertiremos, nos convertiremos.

Cortando repeticiones y editando encontré esto, que me parece un poema hermoso, en la canción "Your fake name is good enough for me" del grupo Iron&Wine, liderado por Sam Beam. Busque la canción si quiere oírla. Pero la letra es maravillosa aún sin música.

05 abril 2011

Hace once años:

Era miércoles y piedra sobre piedra.

El sol quemaba, el sombrerito de turista. El Mar de Galilea ya no era un cuento que contaron en la Biblia. Sonrisa sincera, pelo corto, el mar que no es mar; tranquilo y suave como no pudo haber sido el día que Jesús caminó sobre el. Un ferry llamado Lido, como el pan, sí como el pan, abriéndose camino por la mañana, con los "ohs" de los gringos, dejando atrás Tiberias con casitas blancas, olores a pescado, tristezas que estaba lejos de descubrir.

Hace once años era miércoles y poso con los brazos cruzados frente a la iglesia que fue levantada en donde Jesús dijo "Beati pauperes spiritu: quoniam ipsorum est regnum cælorum."Aunque probablemente no lo dijo así, no en latín, si no que en arameo, o vaya usté a saber en qué dioma. Una iglesia con vitrales y santos y bancas de madera, como todas las iglesias, y una negra nalgona a mi derecha buscando algo en su bolso, grande, inmenso, infinito. Una iglesia rodeada de palmeras, no palmeras de coco como las nuestras, palmeras de dátiles y cosas como esas, palmeras extrañas, creciendo entre flores rojas, jardínes inmesos donde hace dos mil años pasaron cosas. Cosas de no creer hasta ver y así para siempre creer o no.


Hace once años era miércoles y un guía judío llamado Didier Stroz, arqueólogo polaco que hablaba ocho idiomas y era pequeño y algo calvo; nos hablaba en Capernaum con biblia en mano, cual libro de historia: Mateo y Marco y Mateo y otra vez Marco 2:1. Y debajo de una piedra, cerca de las ruinas de algunas columnas que probablemente fueron romanas, debajo, sí, allí, por allí; la supuesta casa del que fuera José, el que fuera el papá de Cristo, sí, ese mismo, el que dicen y cuentan que era carpintero. Ruinas y más ruinas y palmeras, más palmeras por todos lados.


Hace once años era miércoles y me escondía para fumarme un cigarro detrás de la iglesia de Tabgha, las paredes eran de mármol café, café claro, envejecidas, construidas viejas como todo en Israel. Las paredes estaban extrañamente heladas, difusamente limpias, como recién levantadas. En el fondo del ala de la iglesia, debajo del altar, cubiertas con vidrio de varias pulgadas de espersor para protegerlos de los años, el deterioro y las multitudes; los mosaicos bizantinos representando el milagro de la multiplicación de los panes y los peces. Tabgha también con sus columnas. Columnas por todos lados y el frío extraño de sus paredes y platos de cerámica reproduciendo el milagro para llevar de recuerdo. Como recuerdo de ese viaje. Milagros de mentiras.


Hace once años era miércoles y Didier contaba sus historias en el bus en inglés y después en español. Lo mismo, igualmente traducido, las mismas palabras, los mismos datos en el mismo orden y nadie más lo notaba, porque los cuarenta gringos no hablaban español y los cuatro colombianos no hablaban inglés. Y yo ponía atención en los dos idiomas y trataba de descubrir en el cuento del polaco alguna equivocación, pero nunca, no, no se equivocaba; la misma historia en inglés y en español, la misma historia dos veces narrada, dos veces escuchada. Y molinos de viento. Y árboles rosados delimitando la frontera con Siria. Otro mundo y otras guerras. Guerras extrañas y ruinas de casas. Otras tristezas, tantas. Guerras en un país tan pequeño como el nuestro. Desierto y el Golán nevado, todo en el mismo paisaje. Todo allí mismo y no.

Hace once años era miércoles y la muerte desconocida. Miraba el atardecer de casa incendiándose desde la ventana del cuarto de hotel, el atardecer de techos con paneles solares, una ciudad de ruidos desconocidos, voces en otros idiomas, historias descoloridas.


Hace once años era miércoles a las once de la noche en Israel y jueves en la tarde en El Salvador. El internet no era tan accesible como hoy en día. Uno hablaba por teléfono y me costó dos noches entender cómo se hablaba a El Salvador. 


Era jueves aquí y miércoles allá.


Mi papá estaba en el hospital desde cuatro días atrás.


Era jueves aquí y miércoles allá y le hable a mi hermana para preguntar por él. La tristeza es incierta, la muerte sorpresiva. Las palabras no se entienden.


"Ay... Ayer lo enterramos". 

Eso dijo.
Hace once años.

Hace once años:

Hace once años la vida pasaba tranquila, retadora, en camisas de botones y pantalones Dockers. Con cigarrillos Benson & Hedges en el clóset de mi mamá y la ropa de mi papá acumulando polvo. Yo fumaba por primera vez en el patio de la casa, con los mangos y los aguacates quizás creciendo, con el calor de abril como siempre ha sido, a pesar de que a la gente le gusta pensar que esto del calor es algo nuevo, algo que no se conocía antes, cuando yo les digo: en el concreto de los pueblos y la falta de árboles de los barrios El Refugio y El Alto yo sentí este calor, o peor, desnudo con los testículos colgando como bolsas de té, o las nalgas sobre mi roca presintiendo un mal de orín. Pocas veces bajaba ya a ese pueblo, al pueblo que quería olvidar, pero que siempre seguía apareciendo o en mi acento o en mi pelo o en mi forma de caminar. Conocía a gente distinta, lejana, con infancias tan diferentes como las vidas adultas que tendríamos después. En mi diálogo estaba la reciente orfandad a medias, los funerales a los que no fue nadie de mis amigos, porque en realidad no tenía ninguno. Acostumbré a mi mente y a mis papeles a hacerlas de conversación, de apoyo. Encontré en la música y en los sonidos de la pornografía en mi pequeño cuarto las únicas voces que entendía. Los nuevos dólares en mi mano se mezclaban con los colones y todo era tan confuso. Vivía para estudiar y estudiaba para trabajar, decía yo, para ser creativo y comunicador e irme de una vez por todas de ahí. La opresión y la presión de la gente que me mandaba y de los autobuses que me llevaban hasta la escuela de gente que nunca se había subido a uno. Fui conociendo casas nuevas, carros nuevos, sonrisas nuevas y acusaba de tonta a niñas que en realidad no lo eran tanto. Aprendí a dibujar, a colorear, a hablar en público y a dejar de escribir cosas negativas. Hace once años, las cosas eran tan distintas que podría llamarlas una vida pasada. Me fui despegando de mi piel antigua y fui creando una nueva, menos agreste, menos huraña. Conocí el alcohol y con él comencé a conocer los placeres de entregar mis labios y mis abrazos. El miedo fue desapareciendo y aparecieron los problemas de no tenerlo. Las conversaciones con él se fueron enmudeciendo y ellas fueron las únicas que me escuchaban. El diminutivo de mi nombre se fue haciendo menos necesario y mi atención se centró en otras cosas, más importantes quizás, pero siempre pasajeras, siempre evaporables. De los desvelos y la conciencia de ser una persona diferente surgieron gritos de independencia. Nuevas palabras y nuevas mentes. Dejé de creer en la salvación por oración y comencé a querer salvarme por pensamiento. Todas las mañanas, todas las tardes se acentuaron con el hambre y los cortes de pelo atrasados. Hace once años, pesaba unas cuantas libras más y caminaba más lento, con vergüenza. Podría regresar ahí y tratar de despertarme, de contarme las historias del futuro y hacerme dejar de gritar o de enojarme o de pensar en la muerte tanto. Pero para vivir con gusto tenés que despreciar la vida primero, hacerla parecer innecesaria o que está de sobra, para luego darte cuenta de que es lo único que tenés, lo único verdadero que te sostiene. Te falta tanto por hacer, los próximos once años: no te imaginás lo bonito que va a ser. Hace once años la esperanza se llamaba universidad y se llamaba verdad. Todas las mentiras irían desapareciendo y se levantarían como bloques de concreto o platos con comida apestosa. El aire se aclararía y vería a los hombres, a tantos hombres, a tantos hombres que no recordaría sus nombres. Toda la música, todas las películas, todas las ciudades: si hubiera sabido todo eso quizás no hubiera estado tan triste, hace once años, hace once largos años.

Escribí este post porque vi que el título de uno que Flor dejó pendiente en los borradores del blog era ese: "Hace once años". Así que me adelanto al de ella y escribo mi propia versión, porque quería escribir algo. Buenas tardes.