miércoles 11 de noviembre de 2009

Buenas noticias.

El guapo del mesón en el que vivo sí existe. Me dijo "hola" hoy, y al parecer habla español, entonces. Veo cómo camina y es heterosexual, definitivamente heterosexual, fuma Marlboro Light y toma jugos Kern's. Camina por la calle de manera segura, como si conociera todo, entra a una puerta y sale de otra, viene de nuevo al patio del mesón, entra a su cuarto, sale con una chaqueta y con audífonos en los oídos. Ni siquiera me vuelve a ver. Me encanta su pelo negro con gel excesivo. Me encanta su barba de dos días y sus ojos claros, de los que todavía no he podido distinguir muy bien el color. Me encantan sus pantalones flojos que casi caen, sostenidos solo por sus nalgas, algo planas. Usa camisa roja todos los días, porque aparentemente, aquí todos parecemos usar la misma ropa todos los días. Está la de los leggins negros y la falda de colores; está el de la camiseta blanca con el logo de cerveza Gallo. Está el de los pantalones flojos de hippie y la barba de unos meses, está la que me saluda efusivamente y yo no sé si responder. Todos parecen suspendidos en las mismas piezas de su clóset y todos parecemos no lavarlas. Todos aparecen y desaparecen varias veces durante el día, todos almuerzan juntos menos yo, que tengo el sueño perturbado y desayuno al mediodía. El guapo, sin embargo, había sido caso especial. Casi nunca lo había visto, hasta hoy, que lo he visto por lo que parecen ser 30 segundos. Lo seguí con mi vista mientras hacía todo lo que he descrito antes y deseo no parecer un psicótico observador. Solo quiero parecer alguien que viene huyendo de la carga de desear a alguien para concentrarse y viene aquí y encuentra a alguien a quien desear y todos sus objetivos se van a la mierda. No tiene punto, verlo a él. Solo escribir esto, para distraerme un poco de la presión de las 2,000 palabras al día que tengo que escribir, que a veces me salen fáciles, a veces tropezadas y atontadas. Quizás deba cerrar mis ventanas y dormirme, de nuevo.

martes 10 de noviembre de 2009

Odio las atenciones divididas.

Solamente.

Dos pretenciosos egos

Hay algo en las luces de esta ciudad que cuando te ven se apagan. Hay algo en las teclas de este teclado que cuando las tocás se confunden (porque están cerca, decís vos). Hay algo en los carros que los hace frenar al verte, hay algo en los perros de la calle que les hace gemir cuando caminás en dirección contraria. Hay algo en mi conversación que cuando está con vos se limita, hay algo en las mujeres que cuando te ven se reducen a hombres. Hay algo en las soluciones que cuando te conocen se vuelven problemas. Hay algo en las fuentes de estos parques que cuando te oyen venir escupen algo negro, parecido a agua de la cloaca, hay algo en tus errores que me provoca corregirlos. Hay algo de confusión en mi cabeza cuando te leo, hay algo de extraño en la forma en que te extraño. Hay algo de vacío en las páginas cuando las tocás, hay algo en las canciones que hace que cuando las escuchás, se vuelvan aburridas. Hay algo, definitivamente, pero ni vos ni yo lo sabemos, y tal vez lo sabemos, pero evitamos decirlo. Hay algo en las cosas así que hace que se vuelvan platónicas, intelectuales. Una relación de dos pretenciosos egos que repelen sus cuerpos.

*Perdón por tanto post, pues. Pero hay algo de caminar por calles coloniales ficticias que me hace pensar en escribir.

Amigo Equivocado

Prefiero encontrarte por sorpresa
que planear verte
prefiero que se acerque tu mesa a la mía
que sentarme con vos
prefiero una infección viral
a decir que te espero
prefiero la peste bubónica
o prefiero pretender ser escritor
prefiero irme al lugar desde el que huí
prefiero ser yo el que te huya
hoy soy yo el que no quiere hablar
el que no te va a decir ni hola
el que se va a dirigir a vos solo con letras
el que no te va a decir buenos días
ni te va a desear el bien
así es el fin de las cosas
cuando se arruina todo
cuando expira la leche
cuando se pudre la fruta
cuando se enmusgan las paredes
cuando se oxidan los metales
cuando crecen los tumores
cuando hay choque séptico
cuando de repente, ya de nada sirve,
estar con vos

Tengo frío

Yo caminaré entre las ruinas

De estética andan igual que Caifanes y su imitación desvergonzada de The Cure, pero hay canciones como ésta que me hacen respetar a los argentinos, que me caen tan mal.

En mi mesa:

  • Una celular cargándose
  • Una ameba de peluche
  • Un CD que mi computadora no lee.
  • Una lata de semillas de marañón (vacía, con cenizas adentro)
  • Un vaso de vidrio (con cenizas adentro)
  • Un vaso que es veladora
  • Una hoja de papel que "se usa" para detener la "puertita" de la ventana
  • Dos libretas, una mexicana, una negra de origen no determinado
  • Cuatro lapiceros
  • Un adaptador de tres "agujeritos" a dos "agujeritos" para cargadores
  • Tres quetzales, dos centavos de dólar y una moneda de diez centavos, también de dólares (estadounidendeses)
  • El candado de mi puerta con las llaves aún puestas.
  • 18 cigarrillos Marlboro Light dentro de su caja, con la advertencia: "El Consumo de este Producto produce Cáncer Pulmonar"
  • Un encendedor negro
  • Una cartera vacía
  • Mi computadora
  • Su ratón pequeñito, gris
  • Mis manos.

lunes 9 de noviembre de 2009

Las viejas copetudas se pueden equivocar tanto.

Vieja copetuda, 4 de noviembre de 2009:

"Yo, toda mi vida he visto, y eso que he vivido bastante aunque no lo parezca*, que la última lluvia del año es el 2 de noviembre. Y es una lluvia suave, gotitas nada más. Después, deja de llover. Así que usted no se preocupe, la fiesta va a salir maravillosa".

Aquí tiene su lluvia suave, vieja:


*La vieja copetuda se ha sometido a muchos procedimientos estético-quirúrgicos para mejorar su apariencia, incluidos tratamientos de botox y cuatro liposucciones prontamente echadas a perder por su tendencia a comer compulsivamente galletas Oreo compradas en el PriceSmart. La vieja copetuda, también, está celosa porque su hija tiene un reloj de siete mil dólares, y ella no.

Para mí fue lluvia

Para mí fue un día de lluvia, fue un obstáculo para llegar a dos cumpleaños, fue mojarme al salir a comprar una botella de vodka, fue tener las ventanas cerradas del apartamento porque el piso podía mojarse, para mí fue una despedida, para mí fue una borrachera más, para mí fue besar, para mí fue molesto tener que abrir la puerta mientras me caían gotas gordas de agua, para mí fue nada.

Para ellos fue muerte. Para ellos fue una vaca gorda tirada en el suelo. Para ellos es neumonía. Para ellos es perderlo, perderla, perderlos, perderse, encontrarse al final con el agua hasta las rodillas. Para ellos fue perder la casa. Para ellos fue perder a su mamá, a su hijo, a su hermano, al tío borracho que odian, para ellos fue la última cerveza, la última borrachera, no más cumpleaños, no más vodka, no más días de lluvia, no más días de sol, para ellos fue lo último que pasó en sus vidas.

Los sábados pueden ser tan incoherentes.

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(Lea esto)

Un raro dúo sin principio ni final

La primera vez que nos despedimos no imaginábamos cuántas veces íbamos a decir adiós, no sabíamos que inaugurábamos una serie de holas y adioses que después nos harían expertos en la materia. 

(En este preciso momento cae mensaje telefónico de Miguel. "Voyme, paso por su casa, otra vez para allá. Drrrrrrama. La veo pronto")

La primera vez que nos despedimos creímos que era la primera y la última, porque no sabíamos lloramos y nos reímos tanto y mi libro Cómo se cuenta un cuento de García Márquez terminó en las manos de Miguel.

La primera vez que nos despedimos no sabíamos todo lo que venía adelante. Nos hemos despedido tanto que he llegado a creer que este raro dúo no tiene final.

Ni principio.

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Para más despedidas del Raro Dúo ver aquí